jueves, 7 de julio de 2011

el BLOG temático

TAUROMAQUIA

Sobre la arena pálida y amarga, la vida es sombra, y el toreo sueño.”
Gerardo Diego



El toro y el torero unidos en la desgracia, dan forma a un arte sublime capaz de transmitir todo lo bello y dramático que encierra la vida en unos instantes de magia y verdad, donde no hay lugar para el error, la cobardía, ni la farsa.

Unidos en la desgracia porque la razón de existencia del toro es La Fiesta, donde ha de luchar frente al torero con todas sus armas, que son la casta, bravura y nobleza, a sabiendas de que su fin es la muerte. Pero una muerte digna, honrosa y productiva de una de las artes más bellas que el hombre ha creado. Si esto no es unión en la desgracia con el torero, con el hombre, pues ya me dirán...

Sin lugar a dudas el auténtico torero entiende que su oficio es un modo de vida. Y así es.
Como en otras actividades, el progreso y la comodidad han hecho que ciertos modos de vivir o de entender nuestra existencia parezcan anticuados y carentes de sentido. Por brutales y masoquistas, o por no identificar como tales aquellos principios de existencia, el desarrollo globalizado de las sociedades, tan fructífero y conveniente en muchos aspectos, rechaza todo aquello que la inmensa mayoría no está dispuesta a digerir creando el enorme peligro de eliminar la diferencia, la cualidad y la identidad de las culturas y los pueblos.

El toro es arte del pitón al rabo. Y es cultura desde la habitación del hotel, hasta el patio de arrastre. Es ardua la labor de comprender ese mundo de bravura, sangre y sudor. Es necesario un esfuerzo intelectual para llegar al meollo de la cuestión torera. La concepción de la vida y la muerte, de la religiosidad presente pero sin formas ni colores. El pulso constante con la muerte. El comprender que has nacido para plantarte delante de un bello animal ocho veces más pesado que tú, y hacer de tu pelea una coreografía improvisada y efímera donde el toro es lo más sagrado y el torero sólo un artesano obligado a tallar la gloria con la arcilla que ante sí tiene.

La fiesta de los toros es enormemente compleja, y así puedes ir a la plaza y tras seis faenas nefastas salir habiendo aprendido mucho sobre ese mundo misterioso y arcano. Es posible que sea necesario acudir diez o quince veces a los cosos para ver una magnífica faena, pero basta ir una sola vez con el alma abierta para comprender con rapidez que toda la torería y la liturgia allí reunida conforma un universo donde se respira verdad.

Carlos Marzal escribió en una ocasión acerca de la “quietud” en el toreo: “ Alguien que se hace fuerte en su quietud menosprecia el torbellino del mundo, que todo lo confunde”.
Ver a Tomás plantar el pie izquierdo en el albero, tomar el sitio del toro y comenzar ese ritual de hipnosis entregando su vida al error es uno de los instantes de mayor belleza plástica que se puedan contemplar.
O esa tarde en que Morante quiere, y si quiere puede, y empeñado en pintar un lienzo con su capote abraza al toro como lo haría una mujer artista, con la misma dosis de valor que de dulzura.

La tauromaquia sí, ese arte de lidiar toros, de matar toros. Esa ciencia tan arraigada en nuestro ADN concentrado de pasión, fuerza y valor, capaz de lo mejor y de lo peor a partes iguales.
Esa tarde de sol, sudor y llanto. De tragedia y drama o de gloria y honor. Ese círculo sagrado donde desaparece el universo y queda la figura erguida vestida de luces frente a la bestia llena de nobleza brava.
Las historias de nuestros padres, las crónicas de antaño, los nombres que glosan la gloria del toreo, el polvo y el olor a toro y a caballo.
Las banderas en lo alto de sus mástiles y el clamor del público. Los saludos, las fotos, los nervios y los calentamientos.
El ritual religioso a veces y supersticioso otras. La concentración de los diestros, y su miedo. Ese miedo que se mastica y traga al borde del albero.
Ellas, las aficionadas de punta en blanco. Pero un punta en blanco muy torero.
Ellos, los aficionados como pinceles. Pero pincel altivo, de aquí estoy yo a ver una tarde de época.
La salida del toro, resoplando soberbio y orgulloso. La carrera pavorosa junto a las tablas buscando bravo la pelea con quien obliga su encierro. El negro morillo envuelto en polvo que recuerda el orgullo de servir para un fin noble y trascendental.

El toro en fin, y el torero...eso es la fiesta de los toros. La Fiesta Nacional.




Enlaces aconsejados:

http://www.youtube.com/watch?v=4lKIqzeWX3k




2 comentarios:

Fernando dijo...

Ole ... Ole ... Ole ...

Se nota que te gusta, se nota que lo disfrutas.

Ciertamente ... es la fiesta nacional, aunque algunos no quieran reconocerlo.

Un abrazo.

José María dijo...

Salió un encastado Escondido en quinto lugar y se destapó. Aquí estoy para demostrar que soy de buena casta. Puedo apostar que su cabeza adornará el salón de la novillera en lugar prferente.
Con sus 520 kg, su negra capa rematada en lo alto con un leve listón y su tres añitos y medio le abrió la puerta grande a la murciana Conchi Ríos.
Desde donde estén y a donde vayan estos bellos seres,Escondido estará orgulloso de haber llegado a su último destino sin sus orejotas. Todo un personaje. Y como todo personaje ovacionado en su último recorrido.
Gracias, Escondido, has abierto la puerta más grande del universo taurino a una mujer de veinte años. La segunda puerta femenina de Las Ventas en su historia.
Escondido te has merecido tu paraiso.